La espera: el efecto secundario que menos me gusta del cáncer
La espera es quizá la peor parte del cáncer. Durante el tratamiento, el tiempo no transcurre más despacio, sino que se vuelve poco confiable. Los días se alargan, los minutos persisten y el calendario parece menos un recurso de planificación que un recordatorio de lo que se avecina.
Judy, a la espera con sabiduría
Esperar los resultados de los análisis es particularmente difícil. La vida comienza a girar alrededor de citas y de efectos secundarios, y todo lo demás se hace cortésmente a un lado. El tratamiento de hoy en día es mucho mejor de lo que era, lo cual me llena de gratitud. Sin embargo, la espera deja mucho campo para la imaginación, y nada de eso es provechoso.
Quienes hicieron soportable la espera fueron las personas. El personal del consultorio siempre me trató como una persona de carne y hueso, no un diagnóstico, una historia clínica ni la suma de los resultados de mis pruebas. Su paciencia, amabilidad y presencia estable importaban más de lo que ellos se imaginaban, especialmente en los días en que todo lo demás parecía incierto e impersonal.
A medida que los análisis se acercan, la ansiedad agota en silencio la mayor parte de la energía que tenemos. La espera se convierte en un trabajo (emocional, invisible y agotador). Nos enseña qué largo puede parecer un minuto, cuánta fortaleza se requiere para admitir la incertidumbre y qué importante es que nos traten con dignidad cuando lo hacemos.
Se cuenta con apoyo para los pacientes que se enfrentan a un diagnóstico de cáncer y para sus seres queridos. En Moffitt se ofrecen diversos programas de ayuda en el proceso del cáncer. Busque más información en Moffitt.org/Serviciosdeapoyo o llame al (813) 745-8407 para comunicarse con Trabajo Social.
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